Nadie puede imaginarse como echo de menos mi ciudad , de vez en cuando ni siquiera yo.
Decía Eduardo Galeano que el retorno no existe , porque nunca se retoma algo en la misma posición que se abandono , en ese momento pensé que tenía aún más razón que de costumbre y pensé también que era el final.
Que era el final.
Que ya nunca más me volverá aparecer odioso ese clima lluvioso ni más odiosos aún la juventud envejecida y malhumorada que asesina con paraguas y miradas a los jóvenes menores de 25 años.
Que no volveré a quejarme del tamaño , que es tan idilicamente pequeña que cada rincón entra en mi mente , que recuerdo casi cada calle , el estilo de las baldosas y la longitud de las mismas , la cantidad insustancial de alcantarillado y la distancia entre el bordillo y el suelo.
Tan pequeña que recuerdo cada barrio y como llegar a él , el recorrido de los autobuses y los impagables taxis blancos , incluso el estilo nada innovador de las matriculas.
Creo que era tan pequeña pero tan acogedora que recuerdo a muchas y a muchas personas , incluso a las desagadables , pero especialmente a todas aquellas que me hacían amar Gijón , confinarme a sus cafés cuasivintages , a los pseudopoéticos muros de hormigón de las playas , y también a los que me hicieron enamorarme en estas calles , a los besos en las esquinas y a las crudas despedidas sin ningún espacio fisico.
Reinventando antiguas frustraciones mi cuerpo responde a salir para perderme , para ver los colores de Cimadevilla , o esquivar sus terrazas , para claudicar ante los niños de los parques , hartarme del verde .
Pero no , no.
El retorno no existe ni siquiera en mi cabeza , nunca puedo recordarlo de la misma manera , cada vez parece más inventado , mucho más lejos , mucho más adentro mio , mucho menos domingos sin sol , mucho más , mucho mas , mucho mas , mucho mas , mucho mas
Decía Eduardo Galeano que el retorno no existe , porque nunca se retoma algo en la misma posición que se abandono , en ese momento pensé que tenía aún más razón que de costumbre y pensé también que era el final.
Que era el final.
Que ya nunca más me volverá aparecer odioso ese clima lluvioso ni más odiosos aún la juventud envejecida y malhumorada que asesina con paraguas y miradas a los jóvenes menores de 25 años.
Que no volveré a quejarme del tamaño , que es tan idilicamente pequeña que cada rincón entra en mi mente , que recuerdo casi cada calle , el estilo de las baldosas y la longitud de las mismas , la cantidad insustancial de alcantarillado y la distancia entre el bordillo y el suelo.
Tan pequeña que recuerdo cada barrio y como llegar a él , el recorrido de los autobuses y los impagables taxis blancos , incluso el estilo nada innovador de las matriculas.
Creo que era tan pequeña pero tan acogedora que recuerdo a muchas y a muchas personas , incluso a las desagadables , pero especialmente a todas aquellas que me hacían amar Gijón , confinarme a sus cafés cuasivintages , a los pseudopoéticos muros de hormigón de las playas , y también a los que me hicieron enamorarme en estas calles , a los besos en las esquinas y a las crudas despedidas sin ningún espacio fisico.
Reinventando antiguas frustraciones mi cuerpo responde a salir para perderme , para ver los colores de Cimadevilla , o esquivar sus terrazas , para claudicar ante los niños de los parques , hartarme del verde .
Pero no , no.
El retorno no existe ni siquiera en mi cabeza , nunca puedo recordarlo de la misma manera , cada vez parece más inventado , mucho más lejos , mucho más adentro mio , mucho menos domingos sin sol , mucho más , mucho mas , mucho mas , mucho mas , mucho mas
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